Marta, Adoradora de Oro

Mi marido y yo creíamos haber estado siempre cerca del Señor, creíamos ser “buenos” y hacer bien las cosas... Cada día le pedíamos un lugar donde vivir la fe, pues la misa de los domingos no nos bastaba. Y empezamos a orar juntos diciéndole “Señor, sabemos que no somos nada sin ti. Dinos, por favor, qué camino debemos seguir para estar contigo.”

Como vivimos cerca del centro histórico de Valencia, nos gustaba pasear por este, especialmente en las noches de verano. Una de ellas, hace cuatro años, sobre las once de la noche, pasamos por la calle San Vicente y nos llamó la atención ver la capilla de San Martín abierta. Sin dudarlo, nos dijimos “¿Entramos?” porque los dos sentimos como una llamada desde el interior de aquella capilla. Cuál fue nuestra sorpresa cuando vimos a aquellas horas allí expuesto al Señor. He de aclarar, para mi vergüenza que, pese a estar en la Iglesia toda la vida, para mí el pan era básicamente eso, el pan. Mi mente decía que era Jesucristo, pero mi corazón no. Además, no sabía lo que era una capilla de adoración perpetua.

Así que entramos. Y nos quedamos un rato. Y salimos distintos. Algo había cambiado. Y desde entonces, de vez en cuando nos decíamos “¿Paseamos y de paso vamos a adorar?” Sin embargo, conforme nuestros paseos se hicieron más frecuentes, la frase llegó un momento en que dio la vuelta y comenzamos a decirnos “¿Vamos a adorar y de paso paseamos?”

Es difícil de explicar, pero aquella capilla tenía sobre nosotros un gran poder de atracción. Hoy sabemos que Jesús nos llamaba desde allí y nos quería allí con Él. Había escuchado nuestra oración y se había puesto manos a la obra. Las gracias personales, matrimoniales y familiares que empezamos a recibir desde entonces han sido abundantes: una relación conyugal nueva y maravillosa, la consagración a la Virgen María (que es ahora la Señora de nuestra casa), la paz interior, la capacidad de vivir las dificultades de la vida con más fortaleza, la conciencia de ser hijos de Dios creados para el Cielo y, sobre todo, la necesidad de cooperar con Él en su obra.

Hoy puedo decir que Jesús está vivo en la Eucaristía. Que escucha nuestras plegarias cuando son conforme al plan de Dios. Que nos espera en cada sagrario y en cada capilla de adoración. Que actúa en nosotros. Y que mi marido y yo ya no podemos vivir sin adorarle, sin comulgar, sin orar…

¡Gloria a Dios!

Septiembre 2019


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